Evangelio del día – Lectio Divina Lucas 11, 1-4

Lectio Divina
Miércoles, 7 de octubre de 2026
Miércoles XXVII Semana Tiempo Ordinario
Nicolás Reynoso de Argentina ✍🏻🇦🇷

Invocamos al Espíritu Santo

Ven, Espíritu Santo,
llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu Creador
y renueva la faz de la tierra
Oh Dios,
que has iluminado los corazones de tus hijos
con la luz del Espíritu Santo; haznos dóciles a sus inspiraciones
para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo.
Por Cristo nuestro Señor.
Amén.

Evangelio según San Lucas 11, 1-4

1 Un día Jesús estaba orando en un lugar y cuando terminó de orar, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos”.
2 Jesús le dijo: “Cuando oren, digan:
‘Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre; venga tu reino;
se haga tu voluntad como en el cielo así también en la tierra.
3 El pan nuestro de cada día dánoslo hoy,
4 y perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden. Y no nos lleves hacia la tentación”.

Lectura. ¿Qué dice el texto?

En el camino hacia Jerusalén, los discípulos observan a Jesús en un momento de intimidad con Dios. Al verlo orar, experimentan un deseo sincero que nace del corazón y le piden: «Señor, enséñanos a orar». En la cultura judía del primer siglo, los grandes maestros o rabinos (como Juan el Bautista) solían dar a sus discípulos una oración propia que identificaba a su comunidad.
En la época de Jesús la oración oficial podía correr el riesgo del formalismo o de la búsqueda de reconocimiento visible. Por otro lado, la religiosidad pagana creía que para convencer a la divinidad era necesario acumular palabras, fórmulas rítmicas o ritos mágicos, como si la oración fuera un contrato o una negociación para obligar a Dios a actuar.
Jesús rompe radicalmente con esas lógicas y coloca como cimiento de todo una sola palabra: «Padre».
Detrás de esta palabra está la voz original de Jesús en arameo: «Abbá». En el judaísmo de aquel tiempo, dirigirse al Dios altísimo con la cercanía, la confianza y el afecto con que un niño llama a su papá era algo impensable y conmovedor. Jesús no enseña una técnica ni una fórmula mágica; nos revela la identidad de Dios y nuestra propia identidad. Dios no es un juez distante, ni un jefe exigente, ni un comerciante con quien negociar, sino un Padre Bueno que conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos.
Al invocarlo como Padre nuestro, se derrumba todo individualismo. No somos hijos únicos, por lo que reconocernos hijos nos compromete a vivir como hermanos. Cada una de las peticiones que siguen brota de esta filiación: el anhelo de que su Reino y su voluntad se hagan presentes entre nosotros, la confianza diaria de pedir el pan para el sostenimiento de la vida, la necesidad del perdón recíproco y la protección frente a la tentación.

Meditación. ¿Qué nos dice Dios en el texto?

Al poner esta Palabra frente a nuestra vida cotidiana, nos damos cuenta de lo mucho que nos cuesta rezar con sencillez. A menudo nos descubrimos abrumados por las prisas, repitiendo oraciones en automático o sintiendo la tentación de «ganarnos» la atención de Dios, como si tuviéramos que convencerlo de que nos escuche.
Sin embargo, la enseñanza del Evangelio —que con tanta ternura nos recordaba el Papa Francisco— nos invita a desarmar todas esas defensas. Nos propone el desafío de detenernos y respirar hondo para simplemente descansar en la mirada de Dios. No estamos ante un juez exigente ni un comerciante que mide nuestros méritos; estamos ante un Padre que nos ama con un cariño entrañable y que ya sabe lo que nos pesa en el alma antes de que abramos la boca.
Esta certeza cambia por completo el modo en que miramos a quienes nos rodean. No podemos decir «Padre nuestro» desde la isla del egoísmo o del rencor. Al pronunciar esa palabra, caen las diferencias de estatus o prestigio —como bien intuía la tradición de la Iglesia desde los primeros siglos— y nos descubrimos todos sentados a la misma mesa, con la misma necesidad de amor y de perdón. Rezar esta oración nos educa el corazón: nos vuelve más sencillos para pedir el pan de cada día sin angustia, y más generosos para perdonar a los demás, entendiendo que solo con las manos abiertas se puede recibir la paz.
Preguntas para la reflexión:
¿Quién es Dios para mí? ¿Lo siento verdaderamente como un Padre cercano y lleno de amor, o se ha vuelto solo una idea abstracta o un concepto lejano?
Si de verdad creo que es mi Padre, ¿se nota en mi vida? ¿Busco su presencia en mi día a día y descanso en su amor, o sigo viviendo como si dependiera únicamente de mis propias fuerzas?
¿Confío realmente en su providencia? Frente a las incertidumbres del futuro y la prisa por el pan de cada día, ¿me entrego con la serenidad de un hijo que se sabe cuidado?
¿Vivo con la conciencia de que el de al lado es mi hermano? Al decir Padre nuestro, ¿reconozco como hermano a quien camina conmigo, incluso a quien no conozco o a quien me cuesta perdonar?

Oración. ¿Qué le decimos a Dios?

Señor Jesús, hoy me presento ante ti reconociendo la fragilidad de mi fe. Muchas veces Dios se me vuelve una idea lejana, una teoría en el aire o una costumbre que repito por inercia, pero sin vida en el corazón.
Por eso hoy te pido con el alma abierta: aumenta mi fe. Regálame el don de buscarte siempre, no solo cuando me aprieta la necesidad, sino en el silencio y en lo cotidiano de cada día.
Padre mío, te entrego mi vida, mis dudas y mi camino. Regálame la fe sencilla de un niño que solo busca descansar en tus manos.
Amén.

Contemplación. ¿Cómo interiorizamos la Palabra de Dios?

“Padre nuestro que estás en los cielos”

Acción. ¿A qué me comprometo con Dios?

Me comprometo a regalarle a Dios un momento exclusivo en mi jornada, sin prisas ni interrupciones, para hacer silencio, soltar el ruido y las preocupaciones, y simplemente descansar bajo su mirada amorosa diciéndole de corazón: «Abbá, Papá». A la vez, asumo el compromiso de vivir con el corazón abierto y dispuesto, pidiéndole a Dios la gracia de brindar mi tiempo, mi escucha y mi ayuda a quien Él ponga hoy en mi camino, reconociéndolo verdaderamente como a un hermano.

Acerca de Ramón Pané

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