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Lectio Divina Dominical V de Pascua Ciclo C

«Ámense así unos a otros»

Hno. Ricardo Grzona, frp
Dra. María Verónica Talamé, frp

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PRIMERA LECTURA: Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27
SALMO RESPONSORIAL: Salmo 145(144), 8-9.10-11.12-13ab
SEGUNDA LECTURA: Apocalipsis  21, 1-5a

Invocación al Espíritu Santo:

Ven Espíritu Santo,
Ven a nuestra vida, a nuestros corazones, a nuestras conciencias.
Mueve nuestra inteligencia y nuestra voluntad
para entender lo que el Padre quiere decirnos a través de su Hijo Jesús, el Cristo.
Que tu Palabra llegue a toda nuestra vida y se haga vida en nosotros.

Amén

TEXTO BÍBLICOJuan 13, 31-33a.34-35

13,31: Cuando salió, dijo Jesús:
   —Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por él. 13,32: [Si Dios ha sido glorificado por él,] también Dios lo glorificará por sí, y lo hará pronto.
13,33: Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes; me buscarán y, como dije a los judíos también lo digo ahora, a donde yo voy ustedes no pueden venir.
13,34: Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. 13,35: En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros.

BIBLIA DE NUESTRO PUEBLO

1.- LECTURA: ¿Qué dice el texto?

Estudio Bíblico.

Estamos frente a un texto breve pero muy denso y de gran importancia. Aquí comienzan los discursos de despedida que se prolongarán hasta el final del capítulo 17. Este género literario “último discurso” es bastante frecuente en la Biblia como asimismo en la literatura extra-bíblica. En los libros más antiguos del AT, el discurso de despedida ya aparece, por ejemplo, cuando Jacob se despide de sus hijos y les da su bendición (Gn 47,29-49,33) o cuando Josué se despide de Israel (Jos 22-24). Bien podríamos sumar la despedida de David (1Cro 28-29), la de Matatías a sus hijos en 1Mac 2,49-68 o la despedida que Tobit dirige en su lecho de muerte a su hijo Tobías (Tob 14,3-11). Pero quizá el ejemplo más importante sea el discurso de despedida que Moisés dirige a Israel en todo el Deuteronomio. En el NT, otro ejemplo del género es el discurso de despedida de Pablo a los ancianos de Éfeso (Hch 20,17-38). La situación común es la de un gran personaje que, en la víspera de su muerte, reúne a los suyos (hijos, discípulos, todo el pueblo) para darle instrucciones que les ayudarán una vez que él haya partido. En el lecho de muerte, el padre, maestro o guía consuela y anima a sus hijos o seguidores, a la vez que los exhorta a conservar la fidelidad a Dios y a las enseñanzas recibidas. El discurso suele terminar con una oración. Esto ocurre, por lo que respecta a este texto de Juan, en el ambiente de una cena de despedida.

Después que salió (Judas), dice Jesús…”  Notemos que cuando Jesús empieza a hablar en forma íntima y confidencial con sus Apóstoles, dándoles las últimas recomendaciones, ahí Judas ya no está. Judas no podría resistir hablar de amor, no estaba en condiciones de recibir semejante testamento espiritual. Quien a esa altura de su vida ya había sido tomado por “la noche” (13,30) de la traición y el odio, tenía que “salir”. La salida de Judas significa la desaparición del único elemento oscuro que quedaba entre los Discípulos. Judas estuvo en todo momento con Jesús. Fue uno de los Doce primeros elegidos, lo acompañó durante su ministerio, escuchó sus enseñanzas y vio los signos que realizó en su vida pública. Estuvo en la cena pascual junto al Maestro de quien también, de rodillas, recibió el lavatorio de los pies… sin embargo, de aquel último diálogo tan trascendental no pudo participar. Hasta pareciera que Jesús esperó a que Judas saliese para compartir las dos ideas más importantes que ocuparían en ese momento su corazón. Ahora la prioridad era dejarle a sus “hijos” su testamento espiritual: el alcance de la Pasión y el alcance del principal de los mandamientos.

A pesar de perecer irreconciliables, es posible rastrear la lógica que une estos argumentos en apariencia dispares. Del triunfo de la Pasión resulta la glorificación de Jesús (vs.31-32), que es la finalidad de «la hora», un tema muy adecuado para iniciar el gran discurso que explica precisamente esa hora. A su vez, la glorificación incluye el retorno al Padre y, en consecuencia, la separación de los discípulos (v.33). Sin embargo, el mandamiento del amor (vs.34-35), medio elegido por Jesús, asegura su permanencia entre ellos.

Ahora, ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado en Él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto”.

El “ahora” de este v.31 se refiere a la situación creada por la partida de Judas, que va a reunir la guardia y los soldados que tomarán preso a Jesús y, en su momento, lo conducirán a la muerte. La Pasión ha comenzado, porque Judas, impulsado por Satanás acaba de salir. Pero al iniciar la Pasión, conjuntamente, inicia la glorificación del “Hijo del hombre” (expresión que recalca la humanidad de Jesús). Judas desencadena el proceso pascual e inmediatamente, Jesús aprovecha para dimensionar y explicarles a sus Discípulos el alcance de ese momento, para muchos, último y de fracaso mas para Él de suma gloria. Jesús ya celebra su triunfo como consumado. Dos versículos y en el original griego, cinco repeticiones del verbo “glorificar” que, desde el AT, significa una manifestación visible de la majestad divina en actos de poder. Estas dos exigencias se cumplen en la muerte y resurrección de Jesús, acción de su propio poder (Jn 10,17-18) y, al mismo tiempo, del poder del Padre. Tal como en el Sinaí o en el desierto las teofanías y los prodigios salvadores de Dios manifestaban su gloria, ahora la muerte y resurrección del Hijo, máxima acción salvadora, manifiesta también la gloria del Hijo.

El discurso final empieza con la proclamación de la gloria que va a recibir el Hijo del Hombre. Ante la aparición de unos griegos que querían ver a Jesús (12,20-22), Jesús había dicho: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado” (v.23) y siguió hablando del sentido de la muerte del grano de trigo, del servicio y de la glorificación del Hijo del Hombre (vv.28-29). Por una parte, la llegada de aquellos griegos preludiaba el comienzo de la glorificación, ya que representaban a todos los hombres que se sentirían más tarde atraídos hacia Jesús cuando éste fuera elevado al Padre (12,32). Por otra, la traición de Judas, aceptada por Jesús (13,27), daba comienzo realmente al proceso por el que Jesús pasaría de este mundo al Padre. Estamos en este trance.

La interpretación joánica de la glorificación de Jesús, en cuanto relacionada con el dolor y la muerte, tiene un antecedente en Is 52,13 y es la misma relación entre la gloria y la muerte que aparece en la tradición sinóptica (Mc 10,35), donde Jesús dice a Santiago y a Juan, de manera figurativa, que compartir su gloria sólo es posible a través del dolor y la muerte: “¿Pueden beber el cáliz que yo beberé y recibir el bautismo que yo recibiré?” (v.38).

Un dato interesante en la primera parte de este texto que hoy propone la liturgia es la combinación de los tiempos verbales: pasado (v.31: “ha sido glorificado”) y futuro (v.32: “lo glorificará”). Pero esa misma mezcla de tiempos que encontramos acá, ya había aparecido en 12,28: “Lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. El tiempo pasado se refiere a toda la pasión, muerte, resurrección y ascensión que se producen en “la hora” mientras el futuro se refiere a la gloria que obtendrá el Hijo cuando vuelva junto al Padre. Lo mismo dirá en 17,4-5: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese”. Una vez más Juan nos presenta la Pasión como un paso victorioso o momento de suma gloria. Gloria que ya no se revelará más a través de signos como había aclarado el evangelista después de la multiplicación del vino en 2,11: “Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él”. Ahora en el cuerpo de Cristo glorificado se mostrará la gloria de Dios, y por eso mismo Dios también será glorificado. Estamos frente a una glorificación mutua. El Padre glorifica al Hijo y el Hijo glorifica al Padre.

Jesús todavía no ha sido crucificado, todavía no ha muerto pero de hecho ya aceptó libremente su muerte e incluso ya entregó aquello que es prenda de su muerte: su cuerpo y su sangre. Camina hacia la muerte como paso al Padre que es cuando la glorificación quedará completa. Cuando el Hijo resucitado vuelva al seno del Padre, momento definitivo y último del misterio pascual, se dará la glorificación del Padre. La Cruz no es separación ni abandono de parte del Padre, sino todo lo contrario: es la revelación de cuán hondamente Dios está presente en la vida de Jesús. Evento que sucederá pronto. Esta parte termina diciendo “y lo glorificará pronto” (v.32).

Luego de estas palabras complejas, pero llenas de triunfo y luminosidad, más bien referentes a las consecuencias pascuales intra-trinitarias, Jesús hace tomar conciencia a sus oyentes de las consecuencias terrenas o visibles de su partida al Padre: “Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: «A donde yo voy, ustedes no pueden venir»”.

La expresión afectuosa, literalmente en griego es el diminutivo “hijitos” míos resulta especialmente apropiada en el contexto de la Última Cena entendida como una comida pascual, pues los pequeños grupos que se reunían para la cena se comportaban como si formaran familias, y uno de cada grupo debía actuar como un padre que explica a sus hijos el significado de cuanto estaba ocurriendo. La designación encaja asimismo en el discurso final si lo entendemos como una despedida, pues en este género literario la escena se desarrollaba casi siempre en presencia de un padre, a punto de morir, que instruye a sus hijos.

Después del anuncio de la mutua glorificación, Jesús se dirige a los que estaban allí con el término “hijitos” -frecuente en la 1Jn (2,1.12.28; 3,7.18; 4,4; 5,21) aunque nunca oído en el resto del Evangelio de Juan-, dándole a todo el versículo un tono de ternura increíble. Si bien Jesús había realizado muchos gestos de misericordia y ternura -no solamente con los Doce sino también con todos los que lo rodeaban-, jamás hemos escuchado antes que se dirigiera a ellos en forma tan afectuosa ni con tanto cariño. Lo que les estaba por decir a continuación lo requería: “ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero… «donde yo voy, ustedes no pueden venir»”.

Las resonancias con Jn 7,33-34: “poco tiempo estaré aún con ustedes y me iré a aquel que me envió. Me buscarán y no me encontrarán, porque allí donde yo estoy ustedes no pueden venir»” y Jn 8,21: “Yo me voy, y ustedes me buscarán y morirán en su pecado. Adonde yo voy, ustedes no pueden ir” quedan a la vista. En los capítulos 7 y 8 Jesús advertía, como él mismo lo recuerda en esta ocasión, “a los judíos” que no podrían encontrarlo porque no creían en el. Sin embargo, en este pasaje, las mismas palabras dichas a los discípulos sirven de preparación para su partida y retorno. Los discípulos no pueden ir al lugar al que va Jesús, pero posteriormente Jesús y el Padre vendrán a ellos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (14,23). El Señor habla de un irse, de una partida, pero no es una partida total ni definitiva, es una partida para volver. Parte pero volverá.

Los discípulos no lo seguirán de forma inmediata por este camino que conduce a la gloria, pero lo harán más tarde. Se lo dijo explícitamente a Pedro: “Adonde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás”. Estamos ante el final de la comunión terrena de Jesús con su comunidad y el comienzo de un nuevo tipo de relación entre el Maestro y sus discípulos. El amor fraterno, como lo dirá a continuación, es la manera concreta como Jesús continuará en medio de su comunidad y, al mismo tiempo, el distintivo con el que los discípulos serán identificados en cuanto tales.

Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.

Jesús “da” el mandamiento a sus Discípulos, como quien dona algo muy preciado. No se trata de una orden sino de un compartir aquello que en su vida fue medular: amar. Por definición, el amor no puede ser una orden ni una imposición. El amor es siempre donación libre y gratuita y, por lo tanto, debe ser una elección que, como todos hemos experimentado, sólo así reporta gozo verdadero. Habría que recibirlo de este modo.

En el Evangelio de Juan, el término “mandamiento” aparece ocho veces en boca de Jesús: cuatro referidas al mandamiento que Él recibió del Padre (10,18; 12,49-50; 15,10) y otras cuatro al mandamiento que Él da a los Discípulos (14,15.21; 15,10.12). La síntesis la encontramos en 15,10-14: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto. Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. Si Él ha dado la vida por todos, también los seguidores de Jesús deben dar la vida por los hermanos (cfr. 1Jn 3,16). Esto significa que pone en los creyentes el amor que Él recibe del Padre: “Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes” (15,9) y los capacita para que amen de la misma forma que Él ama.

He aquí la radical novedad de este mandamiento: la medida del amor al prójimo ya no es más uno mismo sino el modo del amor de Cristo por cada uno. En los evangelios sinópticos (Mt 22,39; Mc 12,31; Lc 10,27) como en las cartas de Pablo (Rom 13,9; Gal 5,14), el amor fraterno mantiene la antigua fórmula de Lev 19,18b “ama a tu prójimo como a ti mismo”, es decir, se medía con el sano amor propio. Según san Juan, Jesús está proponiendo un gran salto cualitativo.

Estas son las palabras de san Agustín al comentar el trozo del Cuarto Evangelio que estamos leyendo: “El Señor Jesús afirma que le da un nuevo mandamiento a sus discípulos, esto es, que se amen mutuamente…. ¿Pero no existía ya este mandamiento en la antigua ley del Señor que prescribe: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Levítico 19,18)? ¿Por qué razón el Señor llama nuevo a un mandamiento que parece ser tan antiguo? ¿Será que es nuevo porque nos despoja del hombre viejo para revestirnos del nuevo? Sin duda. Hace nuevo a quien lo escucha o, mejor, a quien le obedece. Pero el amor que regenera no es el meramente humano, sino aquel que el Señor caracteriza y cualifica con las palabras: ‘Como yo os amé’ (Juan 13,34). Este es el amor que nos renueva, para que nos hagamos hombres nuevos, herederos de la nueva alianza, cantores de un cántico nuevo”.

Sin embargo, esta no es la única novedad. El comienzo de estas palabras son las mismas referidas en las Cartas de Juan (1Jn 2,7-9; 3,23-24; 4,21; 5,2-3; 2Jn 5), pero el reconocimiento del discipulado por el amor fraterno, también es típico de este trozo. Discipulado y amor fraterno se funden en un mismo aspecto. El amor del Padre y del Hijo en la Cruz capacitan al verdadero discípulo –aquél que ha adherido vitalmente su existencia a la de Jesús- para continuar en el mundo la fuerza del amor extremo del Crucificado-Resucitado. Jesús no se ha limitado a mandar que nos amemos sino que nos ofrece ante todo la experiencia de su propio amor, donándolo a nuestros corazones, creando así entre Él, nosotros y los que nos rodean, un nuevo espacio vital y una nueva dinámica relacional.

Reconstruimos el texto:

  1. Cuándo salió Jesús, ¿Qué dijo?
  2. ¿Qué dijo Jesús a sus hijitos?
  3. ¿Cuál es el nuevo mandamiento que deja Jesús?
  4. ¿Qué conocerán en ese nuevo mandamiento?

2.- MEDITACIÓN: ¿Qué me o nos dice Dios en el texto?

Hagámonos unas preguntas para profundizar más en esta Palabra de Salvación:

  1. Jesús, como Buen Pastor, no se guarda nada para sí, sino que da generosamente su propia vida en las manos del Padre y por nosotros. Así se “glorifica” a Dios. No hay otra forma de entrar en una relación filial con el Padre sino a través de un abandono total y de una confianza absoluta. ¿Cuál es tu relación con el Padre? ¿Cómo puedes glorificarlo cada vez mejor?
  2. El “mandamiento nuevo” consiste en amar a la medida de Cristo. ¿Cómo me amó y me ama Jesús? ¿Amamos a nuestros hermanos como Cristo me ama? ¿En qué nos parecemos y qué nos falta para amar como Jesús?
  3. “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” ¿Qué características debe tener nuestro amor para que sea un verdadero signo de que somos discípulos de Jesús? ¿Qué podemos hacer durante estos días para amar más y mejor a quienes nos rodean?

3.- ORACIÓN: ¿Qué le digo o decimos a Dios?

Orar, es responderle al Señor que nos habla primero. Estamos queriendo escuchar su Palabra Salvadora. Esta Palabra es muy distinta a lo que el mundo nos ofrece y es el momento de decirle algo al Señor. 

Agradezcamos al Señor la capacidad que ha puesto en nosotros para amarlo; alabémoslo por la capacidad de poder amar a nuestros hermanos con su amor. Recordemos nombres concretos de personas que nos aman y tengamos presente a las personas que amamos y a las que debiéramos amar más.

Pidamos al Señor que nos perdone aquellas ocasiones en que hemos creído que se puede permanecer en el amor a Dios sin amar a las personas; pero que también nos perdone cuando no hemos dado testimonio de amor fraterno o hemos escandalizado a algún pequeño por nuestro poco amor.

Hacemos un momento de silencio y reflexión para responder al Señor. Hoy damos gracias por su resurrección y porque nos llena de alegría.  Añadimos nuestras intenciones de oración.

Amén

4.- CONTEMPLACIÓN: ¿Cómo interiorizo o interiorizamos la Palabra de Dios?

Para el momento de la contemplación podemos repetir varias veces este versículo  del  Evangelio para que vaya entrando a nuestra vida, a nuestro corazón.

Repetimos varias veces esta frase del Evangelio para que vaya entrando a nuestro corazón:

«Ámense así unos a otros»
(Versículo 34)

Se podría cantar el canto: NO HAY MAYOR AMOR

No hay mayor amor que dar la vida.
No hay mayor amor. (bis)

Este es mi cuerpo y mi sangre todo esto es lo que soy;
quedo por siempre entre ustedes aunque parta no me voy.

No temáis, amigos míos si algún tiempo no me ven,
si entre ustedes se quieren me verán a mí también.

El miedo no es sentimiento que abriga el que cree en mí,
recuerden estas palabras: «al mundo yo lo vencí».

Les enviaré mi Espíritu que consuela en el dolor;
alentará la esperanza, traerá fuego al corazón.

Y así, vamos pidiéndole al Señor ser testigos de la resurrección para que otros crean.

5.- ACCIÓN: ¿A qué me o nos comprometemos con Dios?

Debe haber un cambio notable en mi vida. Si no cambio, entonces, pues no soy un verdadero cristiano.

Si estoy solo o en grupo, en este tiempo Pascual, el Señor nos recuerda que estamos en el tiempo de la Iglesia que es el tiempo del amor, es decir, el tiempo de encontrar al Resucitado presente en los hermanos. En esta semana podríamos planear un gesto concreto de caridad hacia alguien cercano que lo necesite (por ejemplo: visitar a un enfermo o a un privado de la libertad, donar mercadería a alguna persona carenciada, ayudar a un orfanato u hogar de ancianos, etc.) y llevarlo a cabo.

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