Ejercicio de la Lectio Divina
correspondiente para el martes 17 de marzo 2026
Martes IV Semana de Cuaresma
Por el Pbro. Antonio Arocha, subsecretario de la Conferencia Episcopal Venezolana, desde Caracas Venezuela ✍🏻🇻🇪
Invocación al Espíritu Santo
Te invito con esta canción dejarte inundar del Espíritu Santo
Lectura ¿Qué dice el texto? Juan 5, 1-16
1 Después de esto, comenzó a tener lugar una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. 2 En la ciudad de Jerusalén hay una piscina, junto a la Puerta de la Ovejas, que tiene cinco galerías. En hebreo esta piscina se llama “Betzatá”. 3 Una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos descansaban en ellas, esperando a que el agua se moviera, 4 porque de vez en cuando un ángel del Señor bajaba y agitaba el agua. Entonces, el primero en ingresar a la piscina después del movimiento del agua era sanado de cualquier enfermedad que tuviera. 5 Entre ellos había un hombre que había estado enfermo durante treinta y ocho años.
6 Jesús, cuando vio al hombre acostado y, sabiendo que había estado enfermo todo ese tiempo, le preguntó: “¿Quieres curarte?”
7 El enfermo le respondió: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se mueve el agua; y cada vez que intento ingresar, otro se mete antes que yo”.
8 Entonces Jesús le dijo: “¡Levántate, toma tu camilla y camina!”
9 En ese mismo momento, el hombre fue sanado, tomó la camilla y comenzó a caminar. Ese día era sábado. 10 Entonces los líderes judíos le dijeron: “Hoy es sábado y la Ley no te permite llevar tu camilla en este día”.
11 El hombre sanado les respondió: “El que me curó, Él mismo me dijo: ‘Toma tu camilla y camina’”.
12 Entonces le preguntaron: “¿Quién es el hombre que te dijo: Toma tu camilla y camina?”
13 Pero él no sabía quién era, porque Jesús se había ido debido a la multitud que estaba en ese lugar.
14 Más tarde, Jesús encontró al hombre en el patio del Templo y le dijo: “Ahora has sido curado. No peques más, para que no te suceda algo peor”.
15 El hombre se fue de allí y notificó a los líderes judíos que Jesús era la persona que lo había sanado. 16 Por esta razón los líderes judíos comenzaron a perseguir a Jesús porque hacía estas cosas en sábado.
Breve estudio
El relato de la curación del paralítico en la piscina de Betzatá es mucho más que la crónica de un milagro. San Juan, el evangelista, escribe como teólogo, y cada detalle de esta historia está cargado de significado para nuestra vida de fe. Dos elementos resultan particularmente reveladores: el simbolismo de «esperar que el agua se mueva» y la desconcertante pregunta de Jesús: «¿Quieres curarte?».
Sobre el agua agitada:
En tiempos de Jesús, existía en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina llamada Betzatá, cuyas ruinas de cinco galerías han sido halladas por los arqueólogos. La creencia popular, que el texto recoge, sostenía que un ángel bajaba de vez en cuando, agitaba el agua, y el primero que lograba meterse después de ese movimiento quedaba curado de cualquier enfermedad. Esta creencia era una mezcla de fe, esperanza y también de superstición. Para los enfermos que yacían allí, el movimiento del agua representaba su única oportunidad de salvación, pero era una oportunidad injusta: dependía de la suerte, de la velocidad y, sobre todo, de tener a alguien que ayudara a meterse.
Simbólicamente, «esperar que el agua se mueva» adquiere varios significados profundos. En primer lugar, representa poner la esperanza en los medios equivocados. La gente miraba fijamente el agua esperando un milagro externo, pero no veían a Jesús, el verdadero agua viva, que estaba allí mismo, delante de ellos. Hoy nosotros también tenemos nuestras «piscinas» modernas: esperamos que el movimiento de la economía mejore nuestra vida, que un nuevo gobierno resuelva todos los problemas, que un trabajo o una relación nos hagan felices, que una pastilla nos quite la ansiedad. Estos medios son válidos, pero cuando se convierten en el «ángel» que esperamos, olvidamos a Aquel que puede darnos paz en lo más profundo.
En segundo lugar, el sistema de Betzatá refleja una religiosidad basada en el esfuerzo y la competencia. Era un lugar cruel donde solo uno se salvaba, el primero, creando una dinámica de rivalidad entre los propios enfermos. Esto simboliza la trampa del activismo religioso: creer que con nuestro esfuerzo, nuestras obras y el cumplimiento de normas vamos a «merecer» la salvación o a obligar a Dios a premiarnos. Jesús viene a romper ese esquema, ofreciendo su gracia gratuitamente al que no puede merecerla, como aquel hombre postrado que ni siquiera le pidió nada.
En tercer lugar, la espera de 38 años del paralítico representa la parálisis de la espera pasiva. Tantos años mirando el agua no solo atrofian el cuerpo, atrofian la voluntad. La esperanza se convierte en resignación. El hombre ya no pide, solo se queja de su situación: «no tengo a nadie». Hoy nos pasa lo mismo cuando postergamos la vida con frases como «cuando cambie el gobierno», «cuando me jubile» o «cuando los políticos se pongan de acuerdo». La espera se vuelve una excusa para no vivir el presente. Esperamos que el agua se mueva, mientras Jesús nos dice: «Levántate ahora».
El gran contraste es que Jesús, el verdadero Agua Viva, no lleva al hombre a la piscina. La piscina de Betzatá, cuyo nombre significa «Casa de la Misericordia», no podía dar la salvación; solo generaba frustración. Jesús, con su palabra, hace lo que el agua nunca pudo: lo pone de pie. Su mensaje es claro: no esperes más el movimiento del agua. Yo soy el movimiento de Dios en tu vida. Levántate y camina.
Sobre la pregunta de Jesús:
Jesús se acerca al hombre y le pregunta: «¿Quieres curarte?». Es una pregunta que parece obvia, incluso absurda. ¿Quién no querría curarse después de 38 años? Pero Jesús no pregunta para obtener información, pues ya sabe su historia. Pregunta para provocar una toma de conciencia, y su pregunta tiene varias claves.
Primero, busca sacar al hombre de la queja y llevarlo al deseo. El enfermo no responde «sí, quiero», sino que responde con una excusa: «no tengo a nadie que me meta en la piscina». Lleva 38 años definiéndose a sí mismo como «el enfermo abandonado». Su identidad se ha fusionado con su enfermedad y su soledad. La pregunta de Jesús es un espejo que le devuelve su libertad: ¿estás apegado a tu papel de víctima? ¿Has hecho de tu limitación una excusa para no arriesgarte a vivir? En nuestro contexto latinoamericano, esta pregunta resuena fuerte: ¿nuestros pueblos quieren realmente soluciones de fondo, o a veces nos acomodamos a la queja y al «no hay nada que hacer»?
Segundo, la pregunta confronta la parálisis de la voluntad. Treinta y ocho años de espera no solo atrofian las piernas, atrofian las ganas. La esperanza se convierte en resignación; ya no se desea nada. Al preguntar «¿quieres?», Jesús apela a lo único que el hombre puede poner de su parte: su libertad, su «sí» interior. Dios no nos salva sin nosotros. Respeta nuestra libertad hasta el extremo de preguntarnos si queremos ser librados de lo que nos ata. No va a imponer la curación ni va a actuar como un mago que arregla la vida sin contar con nosotros. Necesita que queramos, para que la curación sea verdaderamente nuestra.
Tercero, la pregunta revela que a veces preferimos la enfermedad a la salud. Por duro que suene, la «enfermedad» —física, emocional o social— suele darnos un beneficio secundario: nos da una identidad, nos exime de responsabilidades, nos da derecho a quejarnos y a recibir atención. Si este hombre se cura, tendría que trabajar, integrarse a la sociedad, dejar de ser «el enfermo de la piscina» y, quizás, perdonar a todos los que se le adelantaron durante casi cuatro décadas. Curarse implica un cambio radical de vida. La pregunta de Jesús es una advertencia amorosa: ¿estás dispuesto a asumir las consecuencias de dejar de ser víctima para convertirte en protagonista?
Cuarto, la pregunta revela que la verdadera curación es integral. Jesús no viene solo a sanar cuerpos; si así fuera, podría haberlo hecho en silencio. Pero Él busca sanar la voluntad, la autoestima, la relación con Dios y con los demás. Al preguntar «¿quieres?», establece un diálogo personal, saca al hombre del anonimato, lo mira a los ojos y lo trata como persona. Y más tarde, en el Templo, completa la curación advirtiéndole: «No peques más», mostrando que la raíz más profunda de toda parálisis es la separación de Dios.
El eco de esta pregunta resuena hoy en cada realidad humana. En medio de la ansiedad y la vida acelerada de nuestras ciudades, Jesús pregunta: ¿quieres curarte del estrés que te consume, o te has acostumbrado a vivir así? En medio de la corrupción y el desencanto político en América Latina, pregunta: ¿quieren realmente curarse de este sistema, o han hecho de la desconfianza y la queja una forma de vida? En medio de las guerras en Medio Oriente, pregunta a la humanidad: ¿quiere realmente la paz, o los intereses de unos pocos pesan más que la vida de los niños?
La pregunta «obvia» es, en realidad, la más revolucionaria. Porque Dios no nos salva sin nosotros. Respeta nuestro silencio, nuestra parálisis y nuestro miedo. Pero no se rinde: sigue preguntando, esperando nuestro «sí», para entonces decirnos, al fin: «Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Meditación ¿Que me/nos dice el texto?
1. ¿Cuáles son las «piscinas» en las que suelo poner mi esperanza? ¿Espero que un cambio económico, político, laboral o afectivo resuelva mis problemas más profundos, mientras quizás no veo a Jesús que está delante de mí?
2. ¿En qué aspectos de mi vida me he instalado en una «espera pasiva»? ¿Uso frases como «cuando cambie el gobierno», «cuando tenga tiempo» o «cuando las cosas mejoren» para justificar mi inmovilidad y postergar lo que debería vivir hoy?
3. Cuando Jesús me pregunta «¿quieres curarte?», ¿respondo desde el deseo sincero o desde la excusa? ¿Cuál es mi excusa favorita para no levantarme de aquello que me paraliza?
4. ¿Estoy apegado a mi papel de víctima? ¿Obtengo algún «beneficio secundario» de mi situación —atención, identidad, exención de responsabilidades— que me hace preferir la queja al cambio?
5. ¿Estoy realmente dispuesto a asumir las consecuencias de una curación? Si Jesús me sanara hoy de mi ansiedad, mi resentimiento o mi miedo… ¿mi vida cambiaría radicalmente? ¿Estoy preparado para ese cambio?
6. En medio de las realidades que me rodean —la ansiedad de la ciudad, la situación de mi país, los conflictos del mundo— ¿qué me dice hoy Jesús cuando me pregunta si quiero curarme?
Oración ¿Qué le digo al Señor?
Te propongo que hagas pausadamente la siguiente oración: Señor Jesús:
Aquí estoy, sentado junto a mi propia piscina.
Hace tiempo que espero que el agua se mueva. Espero que la economía mejore, que este país cambie, que llegue ese trabajo, que alguien venga a meterme en la piscina. Miro tanto el agua que a veces no miro hacia otro lado.
Y Tú estás ahí, de pie, delante de mí.
Tú, que eres el Agua Viva, me preguntas bajito: «¿Quieres curarte?». Y yo, como aquel hombre, respondo con excusas: «No tengo a nadie», «no puedo», «es que…».
Hoy quiero dejar de poner excusas.
Quiero dejar de esperar el movimiento del agua para empezar a caminar contigo. Quiero soltar mi camilla de quejas y resignación. Quiero dejar de ser víctima para ser protagonista de mi vida, con tu gracia.
Mírame a los ojos, como miraste a aquel enfermo. Devuélveme el deseo. Sana lo que está paralizado en mí, no solo por fuera, sino en lo más hondo.
Y si hoy me dices «levántate y anda», quiero responder, aunque me tiemble la voz:
Sí, quiero. Contigo, quiero.
Contemplación
Cierra los ojos. Estás en la piscina, esperando que el agua se mueva. Años mirando fijamente la superficie, esperando el momento justo.
De repente, una sombra. Alzas la vista.
No es un ángel que agita el agua. Es Jesús. Está de pie, delante de ti, y no mira el agua. Te mira a ti.
Con sus ojos, contempla:
Él ve tu piscina —todas esas cosas que esperas que cambien para ser feliz— y las ve pequeñas.
Él ve tu espera —tu cansancio, tu resignación, tu «no tengo a nadie»— y se conmueve.
Él te ve a ti —no a un enfermo más, sino a un hijo— y te pregunta: «¿Quieres curarte?»
No pregunta porque dude. Pregunta porque tu libertad es sagrada. Porque espera tu «sí» para ponerte de pie.
Quédate en silencio. Míralo a los ojos. Déjate mirar.
Y responde.
Acción ¿A que me comprometo?
1-Esta semana, identifica una situación en la que estés esperando pasivamente un cambio externo. En lugar de decir «cuando esto mejore», haz una acción pequeña que sí dependa de ti. Deja de mirar el agua y da un paso.
2- Escribe en un papel la excusa que más repites para no cambiar («no tengo a nadie», «no puedo», «ya es tarde»). Pon el papel donde lo veas cada día. Cada vez que lo veas, recuerda que Jesús te pregunta «¿quieres?» y responde con un pequeño gesto que vaya en contra de esa excusa.
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